Iniciamos nuestra oración, escuchando el canto:

“Señor a quién iremos – María José Bravo”

 

 

Señor, a quién iremos si tú eres nuestra vida;
Señor, a quién iremos si tú eres nuestro amor,
si tú eres nuestro amor.
Quién como tú conoce lo insondable de nuestro corazón;
a quién como a ti le pesan nuestros dolores,
nuestros errores.
Quién podría amar cómo tú nuestra carne débil,
nuestro barro frágil.

Señor, a quién iremos si tú eres nuestra vida;
Señor, a quién iremos si tú eres nuestro amor,
si tú eres nuestro amor.
Quién como tú confía en la mecha que humea en nuestro interior.
Quién como tú sostiene nuestra esperanza malherida,
y nuestros anhelos insaciables.
Quién como tú espera nuestro sí de amor.

Del Evangelio de San Lucas (Lc 22, 39-53)

Enseguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo: Oren para no caer en tentación. Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba: Padre, si quieres aleja de mi este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya. Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia. Él oraba más intensamente y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó. Fue hacia donde estaban los discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo: ¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en tentación.

Todavía estaba hablando cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: Seños ¿usamos la espada? Y uno de ellos hirió con la espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús le dijo: Dejen, ya está. Y tocándole la oreja, lo curó.

(Acompañar la reflexión con música instrumental)

Jesús fue como de costumbre al Getsemaní, ese lugar donde tantas otras veces se había encontrado con el Padre en oración. Qué importante es tener donde volver una y otra vez, ese espacio, esa relación donde sentir “que no estamos solos”, que hay alguien “que nos escucha, nos abraza y conforta”. Ese lugar habitado, que, aunque sea de noche y haya miedo, sigue siendo habitado, cercano, profundo.

Cierra tus ojos, y vuelve a ese, tu lugar habitado, donde “te sientes acompañado, amado, cuidado”, y busca un lugar donde acomodarte en esta noche para acompañar a Jesús y a tantos heridos al borde del camino. Ve a lo profundo, a lo sincero, a lo más auténtico de ti mismo y lo hondo del corazón del corazón de Dios, porque, como dice San Juan de la Cruz, “fuera de Dios todo es estrechura” (CTA 13). Es en ese lugar, como espacio teológico donde “en medio de estas penas oscuras y amorosas siente el alma cierta compañía y fuerza en su interior, que la acompaña y esfuerza tanto” (2N 11,7)

(Música instrumental)

Jesús dice a los suyos: “quedaos aquí y vigilad, oren para no caer en tentación”. Nos pide despertar, permanece junto a Él, junto a los que están sufriendo, con paciencia, con determinación, con fidelidad. Despiertos, presentes, sensibles, humanos. no nos pide grandes cosas sino velar, permanecer, amar, esa determinada determinación al estilo de Teresa de Jesús.

(Música instrumental)

Este mensaje permanente para todos los tiempos, porque la somnolencia de los discípulos no era solo el problema de aquel momento, sino que es el problema de toda la historia, quizá de nuestras comunidades, de las familias, de la humanidad. Esta somnolencia, dice el Papa Francisco, “es una cierta insensibilidad del alma hacia el poder del mal, una insensibilidad hacia todo el mal del mundo, insensibilidad al dolor, hacia la agonía del hermano, hacia la muerte”.

A veces, escapamos del dolor y de la muerte porque le tenemos miedo, porque nos espanta, porque nos hiere, porque nos desborda. Y nos ocurre lo que, a los discípulos, “nos anestesiamos o endurecemos para no sentir”. Creemos así será mejor y más llevadero, pero en realidad nos deshumaniza, y como a los discípulos, nos aleja de Jesús, de tantos Cristo que sufren, que agonizan, que necesitan compañía y consuelo. La insensibilidad hacia Dios presente que nos duerme, que nos impide “tomar en serio” lo que acontece, que nos aleja de su dolor. Sufrimos por nuestra dureza y dañamos a aquel frente a quién nos endurecemos.

¿Qué me adormece?
¿De qué huyo, de qué me escapo?
¿De qué están hechas las corazas que llevo a cuestas?
¿De qué me protegen? ¿De quién me aleja?

OFRÉCELO AL SEÑOR, QUE ESTA NOCHE PIDE COMPAÑÍA. ABRAZA SU SOLEDAD OFRECIÉNDOLE LO QUE TE PESA PARA QUE PUEDAS ACOMPAÑARLE, SIN HUIR, ABRAZÁNDOLE CON TODO TU SER, CON TODOS TUS PENSAMIENTOS, CON TODO TU AMOR.

Escuchamos el canto: En mi Getsemaní.

Hacemos resonancias.

Para que mi amor no sea un sentimiento, tan solo un deslumbramiento pasajero.
Para no gastar las palabras más mías, ni vaciar de contenido mi te quiero.
Quiero hundir más hondo mi raíz en ti y cimentar en solidez, este mi afecto.
Pues mi corazón que es inquieto y es frágil, solo acierta si se abraza a tu proyecto.

Mas allá, de mis miedos, más allá de mi inseguridad, quiero darte mi respuesta.
Aquí estoy para hacer tu voluntad, para que mi amor sea decirte si, hasta el final.

Duerme en su sopor y temen en el huerto ni sus amigos acompañan al maestro.
Si es hora de cruz, es de fidelidades, pero el mundo nunca quiere aceptar eso.
Dame a comprender, Señor, tu amor tan puro, amor que persevera en cruz, amor perfecto.
Dame serte fiel cuando todo es oscuro, para que mi amor sea más que un sentimiento.

Mas allá de mis miedos, más allá…

No es en las palabras ni es en las promesas donde la historia tiene su motor secreto.
Solo es el amor en la cruz madurado, el amor que mueve todo el universo.
Pongo mi pequeña vida hoy en tus manos, por sobre mis inseguridades y mis miedos.
Y para elegir tu querer y no el mío, hazme en mi Getsemaní, fiel y despierto.

(música instrumental)

Es el Getsemaní, ese lugar teológico que abriga el dolor de Jesús. Allí el dolor y la agonía se vuelven abandono en las manos del Padre. Cumplir la misión, ser fiel a la Voluntad del Padre, amar sin medida duele, con sudor de sangre que cae hasta el suelo. Todo el ser de Jesús está implicado en la entrega, no solo una parte. La lucha por la verdad y la justicia, el cuidado de los miembros más vulnerables, la fraternidad reconciliada, todo ello duele, porque supone la entrega de la propia vida. El mayor desprendimiento en nombre del Amor. Jesús DECIDIÓ aceptar el proyecto de amor, decidió Amar y esas decisiones tuvieron consecuencias. Como todas.

Palau sabía bien de esto, en su experiencia con la Iglesia aprendió a amar y a dar la vida por ella: Tú sabes que te amo. Y ya que me haces, Hija mía, esta pregunta, recibe de nuevo un acto de amor: Sí, te amo, y te amo porque tú has robado mi corazón. Venga el cáliz, ora sea dulce, ora sea amargo; venga, yo lo voy a beber. El Padre celestial me la ha dado por Hija, y desde entonces yo debo cumplir para con ella mis deberes de padre. Si he de juzgar de mi amor para contigo por lo que peno y sufro por ti, mucho debo amarte, porque sufro mucho por ti. – Si me amas, cuida de mí; mis intereses sean tus intereses, mi gloria sea tu gloria” (MR IV 2).

(música instrumental)

Hay decisiones que cuestan sudor y sangre, una sangre que rueda hasta el suelo. Se toman en la noche del Getsemaní, sin posibilidad alguna de conciliar el sueño. En la pasión de Jesús, los discípulos dormitan entre el miedo y la huida; y a la hora de hacer frente a la turba que viene a prender a Jesús, reaccionan según esquemas viejos que no tienen nada que ver con el estilo de Jesús: recurren a la espada y huyen con torpeza. No pararán de huir hasta la mañana de Pascua, cuando Jesús los encuentra. Pero Jesús, que ha sufrido la agonía de la decisión lúcida y dolorosa, se enfrenta a sus enemigos y afronta todo el recorrido de la pasión como un testigo del Amor del Padre que quiere la vida del Reino para todos.

Decidir es un momento vital de sudor y sangre, y toda decisión marca el rumbo de la historia: la propia, la comunitaria, la familiar, la congregacional, la de la Iglesia y toda la Humanidad. Incluso la indiferencia o el “que lo haga otro” ya es una decisión y también deja huellas en la historia.

(música instrumental)

Jesús decidió aceptar el proyecto del Padre, decidió jugársela por Amor y eso le costó sudor y sangre propia. No lo libró de la agonía y angustia, tampoco le salvó del sufrimiento y calumnia ni del abandono de los suyos, pero su entrega dio vida y vida en abundancia.

Así mismo, la decisión de Judas también cuesta sangre, la sangre del Inocente, del hermano y amigo. ¿Y qué decir la decisión de Pedro? El miedo fue más fuerte que el amor y también contribuyó en la muerte del Inocente.

(música instrumental)

 

Gesto: acompañemos a Jesús en esta agonía y tantos que están en esta noche del sentido, de la duda, de la incertidumbre, de la entrega, del amor.

Intercede, ofrece tu oración a Dios y en comunidad, por las necesidades de la Iglesia, por la sangre derramada de los Inocentes de la historia, por los que sufren la enfermedad y el dolor, por todas las víctimas de esta pandemia, y más aún, por las víctimas de la indiferencia, de la distancia, de la insensibilidad.

Sé esta noche ese “ángel que lo confortaba”.

Intercede también, por esos ángeles que confortan tu camino, que te cuidan y ayudan a cumplir tu misión.
No te detengas. No tengas miedo. Amar duele pero da vida y vida en abundancia.