Cuaresma es camino de humanización, de significatividad, es volver al verdadero Amor, y desde allí, amar y dejarse amar.

Cuando el contacto con el otro, con el hermano/a, con el que sufre, con el que está solo es auténtico y real nos humaniza porque nos implica, nos afecta, nos sacude y compromete.

Las prisas, la rutina, la autosuficiencia son puertas que se cierran a la novedad y el amor, que nos vuelve más fríos, más mecánicos, más distantes incluso más crueles.

Una vida más humanizante y humanizada es una vida más feliz, que embellece y restaura, que crea comunión, que se detiene y embarra en los acontecimientos de la vida y o tiene miedo de darse a sí mismo porque sabe que todo lo ha recibido gratuitamente y gratuitamente ha de darlo, por amor.

Quizá el secreto de una vida más humana y auténtica está volver al centro, a reconocer que la obra es de Dios y nosotros, solo su instrumento. Que ese otro, mi hermano es ese espacio teológico donde Dios me habla y se manifiesta, donde me reconstruye, donde me sana de mis soledades y heridas. Es en mi hermano donde Dios me enseña a ser auténtico a perdonar y perdonarme, a amar y amarme.

En “ese”, el pobre, el pecador, el “que ni apariencia humana pareciera tener”, en el que sufre y en el que reclama, es el escenario favorito de Dios para hablarnos al corazón y enseñarnos a amar. Es metidos juntos en “este mismo barro” donde la vida se vuelve más humana y por ende, más divina. Es aquí, juntos, donde la vida se vuelve más profunda y más feliz.


PARA COMPARTIR EN COMUNIDAD

¿Quién me humaniza? ¿Quién me devuelve la sensibilidad?

¿Quién saca lo mejor de mí: el amor, la ternura, la hospitalidad?

¿Quién/qué es lo que me lo impide?

¿Cuál es ese lugar teológico en el que Dios me habla al corazón?

Acogiendo la tierra sagrada de la vida de mi hermano/a, en cada compartir alternamos con la antífona: “EL ALMA QUE ANDA EN AMOR NO CANSA NI SE CANSA”.


(Leemos pausadamente este texto y luego hacemos resonancias)

“Cualquier hombre puede ser un santo en el mismo instante que lo quiera, aunque exteriormente, a los ojos del mundo, él no sea nada más que vicio y fango.

Cuando, durante una vida entera, los demonios de su corazón se disputaron su ser y ese hombre se precipitó sucesivamente, con toda la evidencia de sus apetitos, en dirección a los innumerables espejismos del orgullo y de los instintos, en dirección a los fantasmas engañadores y mentirosos que son las pasiones humanas, llegará un momento en que se sentirá acabado. Está consumido, aniquilado, vacío.

De esa ruina, ese ladrón, ese borracho, ese solitario, irremediablemente entregado a su vicio, a no ser que haya un milagro de la gracia, ¿quién querría aún saber de El? Solo Dios puede acoger este destrozo. Dios y solo Dios, porque ¡Nadie caerá demasiado bajo a los ojos de Dios!

Esa basura, esa porquería, ese desecho que vosotros los hombres ya no queréis, que ya no quiere nada de si mismo, dádmelo, dice el eterno, y que El acepte humildemente reconocer su miseria, agarrarla y luchar. Entonces, para mi, esa vida de vergüenza y de ignominia a los ojos de todos, yo la consumiré como el incienso.

Imaginad al Señor viniendo a nosotros como un chatarrero. Va recogiendo nuestros desperdicios, nuestros desechos, nuestros restos para transformarlos en cosas nuevas.

En un mundo en el que tenemos cada vez más niños heridos por la vida, será precisamente toda esa fragilidad psicológica y afectiva la que se transformará en camino para la santidad. Todo lo que nos parecían limitaciones se transformará en medio de santidad.

Si, entramos en la era de la santidad de los pobres, de los pobres de amor, de los pobres de afecto, los pobres de cultura, de abrazos, de ternura. Creo que cuanto más carga un ser una limitación o una herida, tanto más ese sufrimiento lo precipita en el corazón de Dios. Hay siempre una relación infinita entre el abismo en el que el hombre vive y la ternura de Dios. Nunca un hombre será más herido por la vida que amado por Dios. Nunca.

El camino de la imperfección – André Daigneault

Terminamos nuestra oración con una acción de GRACIAS, por el don y la vida de mi hermano/a.

TEXTOS PARA PROFUNDIZAR: Lc 13,10-17 / Rm 8, 31-39

 


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