Reflexión del Evangelio de Mc. 10, 46-52

Trigésimo domingo del tiempo ordinario

Domingo de Misiones

 

El escenario del Evangelio de hoy me trae de vuelta a los encuentros que tuve estos últimos meses con los habitantes de la calle, las personas y las familias afectadas en su mayoría por la pandemia. Escuchando sus historias, sus sentimientos, el anhelo y el clamor de sus corazones… rogando y suplicando al Señor “kaawaan nawa tayo ng Diyos – que Dios tenga piedad de nosotros… wala nang mawawala sa amin, wala na kaming kahit ano, sa Diyos nalang kami umaasa – no tenemos mucho que perder, no tenemos nada, solo confiamos en Dios “.

A pesar de las penurias de la vida y en su nada, recibieron la gracia de la fe y el favor de creer como el ciego Bartimeo en el Evangelio. En un acto de fe, gritó en voz alta: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” Y nuevamente, gritó “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” Con la voz de esa creencia, Jesús se detuvo y dijo “llámalo…” y preguntó; “¿Qué quieres que haga por ti?” Él respondió: “Maestro, quiero verte”. Y Jesús le dijo: “Ve; tu fe te ha salvado…” una fe que restaura la vista. Como dijo Francisco Palau: “Miré a Cristo, sabiduría increada y cabeza de la Iglesia; Miré con los ojos de la fe “. MR V, 2

Que la ocasión que celebramos hoy, el Domingo Mundial de las Misiones, nos recuerde a todos que la misión es la razón misma de nuestra existencia, que somos misión. Le suplicamos al Señor que fortaleciera nuestra fe, que nos sanara de nuestra ceguera para que pudiéramos ser testigos del Señor Resucitado y ser misioneros de nuestra fe. Le rogamos que nos ayude a escuchar a los que ‘claman por auxilio’, especialmente en este momento de prueba, mientras que muchos de nuestros hermanos y hermanas viven en la oscuridad.

CARMELITA MISIONERA TERESIANA – ASIA

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