Este domingo volvemos a escuchar las palabras reconfortantes de Jesús resucitado que entra allí donde reina miedo e incertidumbre y dice: “Paz a vosotros”. El Evangelio proclamado al inicio del tiempo pascual, segundo domingo de Pascua, nada más resucitado el Señor, ahora se nos trae de nuevo… con el contexto y la riqueza del mensaje de otras lecturas.

La narración del capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles: toca el corazón al describir una comunidad obsequiada por el Resucitado. Refleja la riqueza y la hermosura de la unidad y comunión en la diversidad de idiomas, razas, pueblos, creencias. Todo, don del Resucitado, fuerza y calor de Su Espíritu, fruto de la oración incesante de los corazones unidos. Enciende y empuja al anuncio. Manifiesta la posibilidad de una comunicación profunda a pesar de las diferencias, de las barreras. El anuncio de la Buena Nueva se hace realidad gracias a ese fuego prendido en el pecho por el Paráclito.

Porque sí, como viene a subrayar el apóstol san Pablo escribiendo a los Corintios, sin el Espíritu no podemos ni decir “Jesús es el Señor”. Así que reconoce el don… La multitud abundante de dones, mejor dicho. En tu vida, en la de tus familiares, amigos, hermanos de comunidad… Recuerda también: esos dones son para el bien del Cuerpo, de la Iglesia. No se nos han dado para que presumamos o los utilicemos con avaricia o soberbia. Son para que, con nuestra vida, hablemos de la grandeza del Señor.

Merece la pena grabar en el corazón este antídoto de toda desunión o envidia: “hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.” Y los carismas y los dones, son para formar y hacer crecer ese cuerpo. Y es Dios quien da unidad, consistencia, que obra todo en todos. Tan palautiana, esta lectura: somos un cuerpo, y a la vez enviados a atenderle, comprometidos en hacerlo crecer. Si mi don no edifica la Iglesia, habré malgastado el don.

El salmo reconoce que todo lo que existe tiene su fuente y sostén en el aliento divino. Y canta alabanzas a ese Dios de la vida. Y ruega que repueble la faz de la tierra… Hago mío el mensaje: que venga y renueve mi vida, mis relaciones, mi todo. Que rehaga la creación entera. Bendito y alabado sea. Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Ahora bien, ¿sabré reconocer su paso por mi vida?, ¿por la vida de la sociedad? ¿En esta realidad en la que estoy inmerso?

Por fin, las palabras del Evangelio: “Paz a vosotros”. ¡Qué descanso, Señor! Aquietas el corazón con esas palabras. Pero no las dices para que me duerma, sino para fortalecerme y enviar al mundo acosado por los diversos males…

Ese “Paz a vosotros” no tiene que anestesiarme. Es un don para el camino. Oído por segunda vez, viene en seguida acompañado de otras palabras: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.” ¡No te olvides! ¡No me olvide! Capacita para la misión. Y espera que vaya y dé fruto, que anuncie su Palabra de amor, de consuelo, de bendición, de perdón.

Ojalá mi vida se vea trastocada, como la de Francisco Palau, y junto con él proclame con mi vida, y coherentemente testimonie con mis obras ese CREDO PALAUTIANO ECLESIAL que él descubrió en la soledad amorosa, en el tú a tú con la Amada.

Su primera versión la encontramos plasmada en Mis Relaciones 10, 5 (abril 1864):

“El amor no me dejaba reposar; y dentro, el santuario del corazón daba gritos y alborotaba todo el templo del Espíritu Santo, y decía: «Yo amo. ¿Dónde está mi Amada?» […] Yo creo –contesté entonces a la voz del tentador– en la Iglesia santa.” 

Tres años más tarde, ahondando en su experiencia eclesial, personaliza los artículos “revelados” en 1864; los hace más suyos. Así confiesa a la Iglesia su fe:

1º Creo existes, y que tú eres el objeto único de amor designado por la ley de gracia amarás…» etc.
2º Que tú eres Dios y los prójimos.
3º Que todos los prójimos, esto es, los predestinados a la gloria, forman un cuerpo moral perfecto bajo Cristo Dios hombre su cabeza.
4º Que donde está Cristo está la Iglesia, y que no son cosas separadas sino individualmente, pero unidas moral y espiritualmente, formando una sola nación, un solo principado, un solo reino, una sola familia, un solo cuerpo unido entre sí con su cabeza con lazos más fuertes que los del cuerpo material, por ser Dios, El mismo el espíritu que hace en él lo que el alma en el individuo.
5º Que este cuerpo se llama Iglesia, formando una sola la que está en el cielo, en la tierra y en el purgatorio, por ser una sola su Cabeza y uno solo el Espíritu que la vivifica, que es Dios.
6º Que la Iglesia es una belleza inmensa, porque reúne en sí todas las perfecciones y atributos que forman la imagen del mismo Dios; y que por lo mismo, es el único objeto de amor que puede satisfacer todos los apetitos del corazón humano y la vista intelectual y material del hombre.
7º Que este cuerpo moral perfecto que eres tú, eres una realidad, una entidad distinta, con vida y movimiento propio; que tienes espíritu y vives, entiendes y amas, que hablas, oyes y ves.
8º Que siendo amada como objeto único digno de amor para el hombre y el ángel, puedes corresponder con amor amando a tus amantes.
9º Que en ti el amor es el Espíritu Santo, que, derramándose por todos los miembros de tu cuerpo, corresponde con amor al que ama. No tienes alma como nosotros, pero tienes espíritu y éste es el Espíritu Santo, persona tercera de la Trinidad que te da vida, movimiento, virtud, gracia y gloria; eres una inteligencia, y ésta está en tu cabeza que es Cristo, Hijo de Dios vivo, y hombre Hijo de María Virgen; y con el Hijo y el Espíritu Santo está el Padre, como principio de donde proceden los dos; en ti, contigo y por ti obra Dios Trino y Uno, y fuera de ti no hay salvación, vida ni felicidad, sino agitación y tormento eterno.

Esto es lo que yo creo de ti. Ahora falta creer en tus relaciones conmigo, y esto es lo que me importa examinar.

Mis Relaciones 22, 20 (marzo 1867)

De corazón invoco e imploro la venida del Don Amoroso. Que transforme mi ser y mi hacer, que sea yo un canal de la gracia en el Cuerpo dolorido de Cristo. Que podamos llevar su luz y su calor a nuestros hermanos. Para que el cuerpo crezca.

CARMELITA MISIONERA TERESIANA