Segundo domingo de Adviento, solemnidad de la Inmaculada Concepción

Al coincidir con la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen, la Iglesia nos indica para este segundo domingo de Adviento las lecturas propias de la solemnidad. Tan solo la segunda lectura ha de ser del domingo segundo del Adviento.

Y así, meditando su Palabra, me encuentro hoy con el Dios de la alegría, de la esperanza por encima de todos los “imposibles”. El Dios-con-nosotros, el Salvador.

La primera lectura: el hombre tras el primer pecado, busca como esconderse de Dios. La desconfianza de la palabra amorosa del Creador provoca ruptura. Da inicio al círculo vicioso de mutuas acusaciones de “quién tiene la culpa”. Descubro a mis “padres en el pecado”: falta de fe en la Palabra, falta de confianza, que dificulta la comunión-comunicación plena.

Sin embargo, a la vez se escucha el protoevangelio. En medio de este caos Dios vuelve a pronunciarse, tal como es Él: Amor. Vuelve a pronunciar su palabra de salvación: promete al ser humano la victoria final por medio del descendiente de la mujer.

El salmo responsorial me invita al canto de alabanza, a reconocer las maravillas que Dios realiza en la historia. En la mía, en la tuya, en la nuestra… ¡Dios es grande, alabémosle! Su creatividad no tiene medida, no tiene fin. Es misericordioso y es fiel. Su Palabra se hace realidad. El Señor da a conocer su victoria. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Él sale victorioso, él nos salva.

En una palabra, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios. La segunda lectura viene a subrayar que Dios es fiel y que las Escrituras son palabras de esperanza. Cristo se hizo servidor de todos para que se cumplieran las Escrituras. La iniciativa salvadora y amorosa de Dios nos precede. Cristo salva a todo hombre. Dios cumple su Palabra. Estoy invitada a fiarme de ella para así disponerme y, con la creatividad de su hija y para su gloria, encarnar su proyecto que vislumbro, en mi vida. A acoger al que Dios ha puesto a mi lado. A acoger a todos sin excepción, para que puedan alabar a Dios por su misericordia.

La clave: el Evangelio que narra el anuncio del nacimiento de Jesús. En un rincón “al margen de la historia”, en “aquel tiempo”, Dios vuelve a buscar al hombre. Una vez más, su iniciativa: un mensajero. Y una chica, tampoco muy famosa, se fía de su Palabra y se pone a su disposición. La confianza en Él traerá el fruto prometido desde la prehistoria, reflejado en el libro de Génesis. Su disponibilidad, su libertad para responder, la hace tierra fértil para que la Palabra pueda hacerse carne. Para que Dios pueda seguir realizando su obra, realizando su promesa: la salvación plena de su criatura predilecta, el ser humano.

Mi mirada se va hoy detrás del ángel: el enviado de Dios, el mensajero. Ese trasmite la promesa y la oferta de Dios. Pero, sobre todo y, en primer lugar, invita a María a reconocer la Presencia y la bendición divina en su vida: “Alégrate, llena de gracia”. La llena de gracia por excelencia. Kejaritomene, Dios te ha bendecido.

El Evangelio que corresponde al segundo domingo de Adviento pone delante nuestros ojos a otro enviado, a Juan el Bautista, que convoca al hombre a una vuelta a los orígenes, a la conversión. Otra manera de invitarnos a contemplar el proyecto de Dios para el hombre y vivir conforme a él.

María como nadie confió en la Palabra y se dejó moldear por la fuerza del Espíritu. Como nadie vivió esa plenitud a la que estamos llamados todos. Hoy viene a recordarnos que ese es también nuestro destino.

Nuestro mundo necesita de ángeles que vayan susurrando a sus oídos y recordando lo bendecidos que somos. Para que el potencial que llevamos, el de ser “la alabanza de su gloria”, pueda transformar nuestro pequeño rincón. Dios se pronuncia en un lugar al margen de la historia. Quiere seguir “pronunciándose” en las vidas aparentemente insignificantes. En la mía y en la tuya, en la de mi vecino, de mi hermano.

¿Quieres ser mensajero de la alegría, del Dios de la esperanza? ¿Te animas a ser su ángel?

Dile hoy a tu vecino que es hijo amado de Dios. Que Dios le ama. Pero díselo con un gesto, con la palabra encarnada.

Carmelita Misionera Teresiana

Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre.