Hoy quiero dedicar estas palabras a mis hijos, nuestros hijos, todo ser humano, vivo y difunto, víctima de la trata de personas y tráfico humano.

Alguien me preguntaba hace días: ¿cuál es tu inspiración para ser valiente? Y mi respuesta es que no soy valiente, pero ellos son el centro de toda inspiración, los protagonistas de esta historia. Sus gritos me aturden, su dolor y sus heridas destrozan mi corazón, la impotencia ante la corrupción e injusticia me desinstala, me cuestiona, me compromete, me exige. Ya no hay espacio para la indiferencia y comodidad, ya no me pertenezco, le pertenezco a ellos, a la Iglesia que me ha sido confiada, a los hijos que Dios me dio en cuidado. Se me va la vida en ello. No soy valiente, pero ellos han despertado en mi la más profunda maternidad y cuidados. Ellos sin mi inspiración y valentía, el reflejo más puro de la Trinidad.

“Tengo que decirte algo mami espero que esas hojas no sean despedida, no nos abandones, no nos dejes solos. Si ese Dios del que hablas te lo pide, no nos abandones. Son muchos los que siguen sufriendo, que nadie más viva está horror, no lo permitas. Mamá ángel, aunque tengas que dar tu vida, no lo permitas, no nos abandones. Sino ellos seguirán muriendo y ya nadie se acordará de que existimos”.

Cuando recibí esta nota de uno de mis hijos, mi corazón de madre me dijo que debo darles una respuesta, para que estén donde estén puedan recibirla. Hoy quiero escribirte a ti y por ti, María y José; hijos amados de Dios, hijos míos y nuestros. A ti y por ti, que cargas el peso de la explotación, de la indiferencia. A ti y por ti, que la mano del opresor y soberbio te ahoga, te aplasta, te destruye. A ti y por ti, que te venden y explotan como un producto, que las leyes y las “formas” te han cosificado. A ti y por ti, que te ha sido arrebatado el derecho a vivir, a jugar, a crecer, a estudiar, a ser hombre y mujer libre. A ti y por ti, que el engaño y las mentiras de unos te han hecho desaparecer, te han secuestrado, te han vejado. A ti y por ti que gritas desesperadamente y no te sientes escuchado. A ti y por ti, que ya no tienes fuerzas para luchar, y tu grito te ha enmudecido. A ti y por ti, que mueres sin que el mundo se entere, que lloras sin que nadie te consuele. A ti y por ti, que estás preso/a de traficantes, empresarios, compradores y sicarios quienes, por encima de los derechos humanos, fomentan una cultura de mercantilización deshumanizante y excluyente. A ti y por ti, que eres obligada a prácticas, matrimonios y uniones forzadas y no consentidas y de esclavitud, que eres víctima de la violencia y discriminación. A ti y por ti, que eres víctima de tu propia soledad, que sin darte cuenta estás siendo enredado/a en las trampas virtuales y aún no conoces el peligro que te rodea. A ti y por ti, que cargas con la culpa que no te corresponde, porque otros te han hecho creer que eres culpable y te han hecho olvidar que, seas niño, joven o adulto, mujer u hombre, y/o de cualquier nacionalidad, eres víctima y no culpable de la gran red de muerte del tráfico humano y trata de personas.

Ante tus insistentes súplicas y gritos pidiendo ayuda, antes tus lágrimas temblorosas de “no me abandones”, “no te canses”, “no nos dejes”, “aún quedan muchos”, quiero regalarte una certeza, desde la verdad más profunda. Quiero que sepas que, aunque no seamos muchos, tampoco somos pocos, y estamos y seguiremos estando velando por tus derechos, por tu libertad, por tu vida. No estás solo/a, aunque en este momento no lo veas, NO TE ABANDONAMOS NI TE ABANDONAREMOS.

Es una promesa. Te prometo ir lo más rápido que podamos, insistir en esta lucha sin claudicar, ser voz y “molestia” para que esto no quede en el olvido. Te prometo luchar para que seas liberado y que sea pronto. Te prometo luchar para que mueras dignamente y no a mano de “los monstruos”. Te prometo y pongo mi vida de testigo, que nunca, nunca, nunca te dejaré solo/a. te prometo una vida, en esta tierra, o la eterna, en el cielo, pero digna, profunda, cuidada, amada. Te prometo respeto, cuidado, tiempo y paciencia, te prometo ante todo dignidad.

Es una batalla, una guerra del bien contra el mal y te prometo mi vida y mis fuerzas en esta pelea. Y no estoy sola, somos un puñado, dispersos en el mundo, comprometidos con esta causa. No temas, no te dejaremos. Nunca más estarás solo/a. Es verdad que algunos se cansarán y se sentirán tentados de abandonar, y es verdad también que quizá alguno lo haga. Pero quiero que sepas que, de todas formas, siempre habrá un puñadito de gente luchando por ti, para que vivas en libertad y feliz.

Te regalo toda mi vida y lo entrego todo por amor a ti: mi descanso, mi paz, mi querer, mi tiempo, mis caprichos, mis fuerzas y cansancios, mis sueños y mis miedos; lo entrego todo para darme del todo a ti, por ti y por todos, aunque me consuma y lo pierda todo. Quiero que seas feliz, que ya nadie te haga daño, ni te hiera ni te mate. Quiero que vivas y que tengas el mismo derecho que yo de vivir, de soñar, de reconstruirte, de saberte amado/a, de tener una familia y abrigarte al calor de un hogar. Lucharé por tus derechos con fuerza, tu causa es mi causa, y la tuya y la mía es la de Dios, consejo de un “buen amigo” de camino.

Y quiero decirte algo importante, que se que necesitas escuchar: Perdóname, perdónanos, por no llegar o llegar tarde, por perdernos en detalles menos importantes y olvidar que quizá por ese tiempo perdido, ya no seguirás con vida, o sufrirás atrocidades, o seguirás aplastado, humillado, malherido. Perdóname, porque como cuerpo congregacional y eclesial no siempre estuvimos ni estamos a la altura, perdónanos por ser cómplices de indiferencia, de falta de compromiso, de insensibilidad. Perdónanos, hijo mío, aunque el perdón no te devuelva la vida, perdónanos. Una parte de mi se va contigo, con los que cada día mueren, con esa “deuda” de no haber podido hacer más, un pedacito de mi se deshace con tu dolor y soledad. Y créeme, aquí seguiré estando, quebrada, a pedacitos, suplicándote perdón, amándote hasta más no poder, abrazándote, cuidándote, preguntándome día a día: ¿qué más?, y pidiéndole a Dios que sople nuevos caminos.
Y aquí me tienes, a tu mamá Ángel, a quien tanto te ama, junto a este puñadito de gente que lucha por ti, sufriendo contigo, abrazándote y muriendo un poquito cada día contigo también.

Te amo, no lo olvides y siempre te amaré. Esta es nuestra lucha y ahí estaremos, firmes y de pie. Te lo prometo.

Marcela Macagno, Carmelita Misionera Teresiana

Descargar aquí: 3.- Testimonio 3_Marcela Macagno_No te abandonamos, no te abandonaremos