En esta Solemnidad de Cristo Rey todavía podemos encontrar imágenes de Él con corona de oro, báculo en mano y sentado en su gran trono, al estilo de los antiguos reyes medievales. ¡Nada más lejos de la realidad! La realeza de Cristo, “su corona”, su poder, es el amor, la ternura, el servicio, el cuidado de todos, especialmente los más frágiles, los sufrientes, los perdidos, los heridos…porque Cristo es ante todo Pastor.

Sus seguidores, estamos también llamados a “pastorear”, a cuidar de los otros.  Hoy estamos de fiesta los padres, madres, educadores, algunos empresarios, gobernantes, congregaciones religiosas, políticos, profesionales de la salud y tantos otros que hemos elegido libremente asumir el compromiso de cuidar a otros, especialmente los más necesitados, los frágiles, de acompañarlos en la búsqueda y realización del bien para sus vidas y a veces, además, impulsar iniciativas y procesos que les ayuden a lograrlo igualmente a niveles comunitarios y sociales.

También en el Carmelo Palautiano buscamos “pastorear” y en lo concreto estamos ejerciendo nuestro ministerio en cárceles, hogares de ancianos, hospitales, colegios, estamos acompañando menores en situación de vulnerabilidad, centros de migrantes, pueblos indígenas, víctimas de la trata de personas, la pobreza, la injusticia, la marginación. Estamos, sí, pero ¡podemos más! ¡Se necesita más!

Y es que, no basta con que esos temas “me conmuevan”, es necesario que “me muevan”, y lo hagan en dos sentidos: el primero, me saquen de mis comodidades, mis miedos, mis indiferencias, mezquindades y perezas. Segundo, me lancen “con pasión y verdad” al cuidado y la atención de los otros, hacia la sanación y liberación de quienes en el Cuerpo de Cristo más lo necesitan y que están allí, frente a mí en el día a día.

En este año en especial, hemos visto –y también vivido-  muchos testimonios del significado cristiano del pastorear. Personal de medicina sirviendo hasta el agotamiento y el dar la vida, hombres y mujeres que arriesgándose al contagio han salido para apoyar, alimentar y cuidar a los ancianos solos y enfermos, las personas en situación de calles y tantos otros abandonados del sistema. Hemos visto florecer la pastoral de la escucha y del acompañamiento en  tiempos de soledad y aislamiento;  hemos visto que no se han paralizado los procesos sociales y políticos que luchan por una sociedad más justa y solidaria, hemos visto  a una Iglesia institucional  haciendo esfuerzos por ayudar y repensarse para acompasar su ritmo al de los diversos movimientos y necesidades,  Sí,  hemos visto muchos pastores y pastoras haciendo vida lo que describe la profecía de Ezequiel en la primera lectura (Ez 34, 11-12. 15-17).

Buscaré a mis ovejas […] las libraré, sacándolas de todos los lugares

por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones.

Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear.

Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas;

vendaré a las heridas; curaré a las enfermas:

a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido”

¿Hasta qué punto yo, mi comunidad o familia estamos siendo parte de este proceso generador de vida y de cuidado?

Y aquí no se trata sólo de pensar y que se nos pase el tiempo en discernimientos sobre el cómo y el dónde.  El Evangelio de hoy (Mt 25, 31-46) nos trae rápido a lo concreto, a la realidad:

“Vengan ustedes, benditos de mi Padre;

Hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo.

Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber,

fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron,

enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme”

Es como si nos dijera: no me hables de cuidado si no ayudas al que tienes a tu lado, no me hables de preocupación si puedes dormir en paz mientras al lado tuyo alguien sufre, no me hables de amor si eres indiferente frente a dolor, la injusticia y la violencia, si frente a las necesidades tranquilizas tu conciencia porque “sientes “una profunda compasión” aunque ese sentir no te lleve a ningún cambio en la vida. Cristo no puede pastorear si tú y yo no nos desplazamos de nuestros espacios, lugares, mentalidades y esquemas aprendidos. 

Es hora de un Reino más al estilo del Pastor que al estilo de los príncipes y las princesas…  Y si nos empeñáramos igual en funcionar en categorías de “realeza”, pues hagámoslo, pero, al modo Palautiano a partir de las dos operaciones de la caridad, donde enlazarnos con Dios es enlazarnos con los demás, amor a Dios, amor al prójimo. 

Así lo describe el P. Francisco

“En la primera unión no hay más sino alma y Dios, y en la segunda la esposa se une con un rey, con un gran señor, con un padre de familia, con Jesús constituyendo, como cabeza, cuerpo con toda la Iglesia. En esta segunda unión todas las miradas de la esposa van dirigidas al cuerpo moral y místico de Jesús. Este cuerpo es del esposo es suyo, y está unida con él (Cta. 67,4; cf. Cta. 38,4).
Seamos pastores y pastoras, seamos reyes y reinas, pero del amor y del cuidado del Cuerpo Místico de Cristo, reyes y reinas de la ternura, la acogida, el servicio, la generosidad, la dedicación a los demás.
¡Feliz día de Cristo Rey!

CARMELITA MISIONERA TERESIANA

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