Este cuarto domingo conocido como domingo de “Laetare”, domingo de la ALEGRÍA…

“Alégrate Jerusalén, alegraos y regocijaos los que estáis tristes”.

¿Cuál es el motivo de esta alegría? Es el gran amor de Dios por la humanidad, como nos lo indica el Evangelio de hoy:

“Porque tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que todo el que crea en él, no perezca, sino que tenga vida eterna”.

En Cristo, la humanidad nace de nuevo y para siempre; la vida se comunica a los hombres por el gran Amor que tiene a la humanidad. Como Él ha resucitado, resucitarán todos los que a Él se le une en la Fe a su Palabra. Tenemos la verdadera y gran esperanza en Dios, Padre rico en misericordia, que nos ha dado a su Hijo para salvarnos, y esa es la causa de nuestra alegría. 

El diálogo que tiene Jesús con Nicodemo nos revela el sentido profundo de lo que Él va a vivir en los días siguientes y la motivación de AMOR que marca este acto; da testimonio de su Padre ante los hombres, nos transmite la Palabra del Padre, Él mismo es la Palabra encarnada.

Cristo, Hijo del hombre, venido del cielo, debe ser elevado en la cruz y así volver a su Padre y entrar en la gloria que tenía antes de la creación del mundo. Creer en el Hijo primogénito “elevado”, es creer en el amor del Padre que sacrificó a su propio Hijo por nuestra salvación. Pero ATENCIÓN, Dios no entregó a su Hijo a la muerte, sino a la vida, a esta vida nuestra, humana, encarnada, para revelarnos su verdadero Rostro que es el Amor y enseñarnos a vivir como hijos suyos.

Esta misión es prolongada en el hoy por ti y por mí que somos llamados a fijar nuestra mirada en la cruz del Salvador y preguntarle:

¿Qué puedo yo aprender de ti, Mesías-Siervo que te entregas por nosotros?

Al mirar al crucificado descubrimos que la fe y el amor a Jesús no son para relegarlas a una relación intimista, sino para implicarnos en un profundo deseo de cambiar el mundo.

Te invito en este día a mirar la cruz desde un profundo agradecimiento, contemplando en ella el gran amor que nos ha tenido el Padre que nos ha dado a su Hijo…el gran amor que Jesús ha tenido por nosotros que ha entregado su vida por amor y te dejes inundar por la alegría de esta gran noticia, la alegría que la muerte no es el final.

Mira la cruz, contempla en el Cuerpo de Cristo traspasado por el dolor, pero no te quedes en la mera contemplación o el agradecimiento, compromete tu vida en favor de los crucificados de hoy

“Mírale en este cuerpo que es su Iglesia… Ofrécete a cuidarle y prestarle aquellos servicios que estén en tu mano” Ct 42, 2. –

CARMELITA MISIONERA TERESIANA-ÁFRICA

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