Estamos ya en el cuarto domingo de Cuaresma, tiempo de arrepentimiento y conversión, tiempo de reconocer que somos hombres y mujeres necesitados de perdón y misericordia, con fragilidades y pecados, personas que, aun siendo creyentes, no siempre hacemos las cosas por el bien o para el bien, En el Evangelio de hoy (Lc 15, 1-3. 11-32) nos encontramos con una parábola que es entrañable para nosotros, la del padre bondadoso, el padre bueno que se derrama en amor.

Los invito a fijarse hoy en el comienzo de la parábola En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”. Cuando leo esto vienen a mi memoria algunas conversaciones parecidas que he escuchado de personas creyentes e incluso comprometidas en la Iglesia, o de conversaciones en las que yo misma he participado. En muchas ocasiones nos comportamos como esos fariseos, y rechazamos, o al menos comentamos, cuando alguna persona “impura” se acerca a nuestras comunidades y celebraciones: la prostituta, el estafador, el o la amante de mi amiga, de mi amigo, esa persona que sabemos está robando en su trabajo…y hablamos… bajito, claro, a escondidas, como de costado, para que no nos escuchen.

¡Qué hipócritas y qué poco hemos entendido! ¡Si para compartir con ellos vino Cristo! Para entrar “en sus casas” … para sentarse a “su mesa” … Él los conoce, nosotros no.

¿Cada una de esas palabras de juicio y desprecio que pronunciamos en contra del otro o de la otra…bajito y a escondidas… no son acaso una gran infidelidad al Dios que decimos amar, seguir y servir?  ¿Si Dios no juzga, sino que ama y espera, por qué nosotros no podemos hacer lo mismo? ¿O acaso nos creemos dioses, con capacidad para conocemos el corazón y la verdad del otro, de la otra? ¿Qué sabemos de la historia que arrastra en su carne y en su corazón aquella o aquel que se prostituye, que roba, que se convierte en el o la amante? ¿Conocemos acaso su historia, sus heridas, sus dolores, sus traumas? ¿Sabemos acaso si han buscado ayuda?

No basta con enternecernos con este padre bueno que vemos en la parábola de hoy. Como seguidores de Cristo tenemos la hermosa y libremente elegida obligación de amar como él, esperar como él, acoger como él “al que viene de regreso”.

Dios espera, y espera y sigue esperando, porque no pierde la esperanza en que el hijo o la hija un día regresará “al hogar”. Y cuando regresa y lo abraza con amor sincero, aunque puede “sentir” los caminos de donde viene… porque regresa flaco, oliendo mal y sin mirarlo a los ojos… Al padre nada le importa, porque su hijo que estaba muerto, ahora vive.

¿Cuánto nos alegramos cada vez que uno de nuestros hermanas o hermanos alejados viene a nuestras comunidades y celebraciones? ¿A nuestra vida, nuestro círculo de amigos, o nuestro trabajo? ¿nos quedamos en paz cuando nuestros hijos comparten con sus hijos?

En este cuarto domingo de Cuaresma, los invito a que nos miremos en el espejo de la oración… ¿No es cierto acaso que también a” nuestras casas” y a “nuestras mesas” necesitamos que venga Cristo? ¿No es verdad que también nosotros, los que nos ubicamos entre los “los puros” o al menos “no como ellos” … hemos andado caminos errados y hemos recibido el abrazo acogedor y tierno de Dios nuestro Padre de bondad y misericordia?

No andemos ocupados en juzgar al hermano o la hermana y simplemente disfrutemos de la misericordia de Dios nuestro Padre…

Carmelita Misionera Teresiana – América

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