Vosotros sois la sal de la tierra, Vosotros sois la luz del mundo

El domingo pasado, el Señor Jesús, niño, se manifestó a los dos profetas, Simeón y Ana en el Templo. Simeón exclamó: “Mis ojos han visto a tu Salvador… Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo…”.

En este segundo domingo de febrero de 2020, Jesucristo dice a sus discípulos: ” sois la luz del mundo“. La relación entre Jesús, quien es la Luz de las naciones, y su declaración a los discípulos como la Luz del mundo, es simple y comprensible.

¿De qué luz se trata? La de Jesucristo, en primer lugar, con la que, desde su llegada a este mundo, como hombre y Dios, nunca ha dejado de iluminar a todo ser humano.

Siempre que Cristo Jesús se comunica a cada cristiano a través de su Palabra, es su luz la que se comunica en la fe y esta luz es vida. El rostro del Dios viviente a través de su Hijo Jesús, quien es su gloria, brilla en quienes lo rodean y en toda su Iglesia.

Cada vez que los cristianos reciben a Cristo en la Eucaristía, los ilumina desde adentro porque es realmente él, la luz que los penetra con su fuerza. Y también, es el día de nuestro bautismo que la luz del Espíritu Santo ha imbuido a cada cristiano con sus cálidos rayos para un nuevo nacimiento. Así, los dos, Cristo y el Espíritu Santo, marcan al ser humano con un sello indestructible, visible para aquellos que tienen la fe. Es una transformación interna pero Justa.

Es por eso que el salmista inspirado proclama en voz alta: “El justo brilla en las tinieblas como una Luz“.
Cristo, al llamar a sus discípulos a ser luz del mundo, sabía claramente que todos los contactos que sus discípulos habían tenido con Él, los purificaron, les fortalecieron para convertirlos en buenos misioneros de su Palabra, sus ojos, sus manos, sus pies. Aquí su palabra: “Sois la sal de la tierra”, toma su significado esperado.

Cristo nos está hablando a cada uno de nosotros hoy. Tenemos la gran responsabilidad de comprometernos con aquellos a quienes Él nos envía, porque él mismo dice: “Brille así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras, y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”.

Cuando la misión se hace visible a través de la predicación y las buenas obras de caridad, eso da sabor a la vida sufriente del prójimo. Para eso, necesitamos ser liberados de nuestros pecados con la ayuda de los sacramentos para que podamos ayudar mejor y ser Luz Verdadera para los demás.

Gracias, Señor Jesús, por hacer del hombre un instrumento visible de tu misión de misericordia.
Señor Jesús, ayúdanos a cada uno a servir, ¡según la voluntad de tu Padre!

Carmelita Misionera Teresiana – África