Continuamos profundizando en nuestra hermana Teresa Mira como MISIONERA POR ESENCIA Y EXPERTA EN COMUNIÓN.

En esta publicación la veremos como ANUNCIADORA DE LA BELLEZA DE LA IGLESIA.

«El Señor nos ha dejado con vida no para que nos quedemos quietos,

sino para que hagamos el bien a todos los que lo necesitan».

Teresa, cmt

2. Con Teresa Mira, ANUNCIAR LA BELLEZA DE LA IGLESIA…

…de cada ser humano, con el fin de que este se descubra imagen viva de la
Iglesia y miembro de su Cuerpo.

¡Mirad qué gran amor nos ha tenido el Padre para llamarnos
hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3,1).

En esto conocerán todos que sois mis discípulos,
si os tenéis amor los unos a los otros (Jn 13, 35).

El amor es el que hace de nuestras familias y comunidades, pequeñas iglesias y el que hace que seamos semejantes a Dios. Amando, no sólo reflejamos la belleza de Dios Trinidad y de la humanidad creada a su imagen, sino que también anunciamos esta belleza a nuestros hermanos y hermanas, descubriéndoles el rostro amoroso de Dios Padre, Hijo y Espíritu.

El amor que nos tenemos unos a otros en la comunidad, en la familia, nos hace profetas y discípulos de la belleza de la Iglesia, Dios y el prójimo.

Estamos llamados a recordar a cada ser humano:

“eres amable como lo es Dios: eres bello y hermoso como Dios, porque esa belleza no es más que la de Dios mismo impresa en el hombre y comunicada a la criatura”.

(MR 9,18)

La Hermana Teresa Mira representa las cualidades y virtudes que hacen resaltar la belleza interior de la persona creada a imagen de Dios. La bondad, la sinceridad, la gratuidad, la rectitud, la honestidad, la paciencia, la confianza en Dios, la piedad, la obediencia… Con estas cualidades llega a llevar a los demás a Dios. Llevar a los demás a Dios hace que su vida ya es una misión. ¿Cómo lo hace? Invita a cambiar, a acercarse a Dios y a amar al prójimo haciendo el bien a todos. Su mirada positiva sobre los demás y sobre las cosas hace experimentar el amor misericordioso de Dios que ha venido, no para condenar, sino para salvar y dar la vida.
Nuestra misión es de recordar a cada ser humano, sobre todo aquel que en la sociedad vive marginado, olvidado, apartado: que es bello y amado por Dios que nos ha creado con amor y que su amor por nosotros es eterno e incondicional.

¿Qué dicen nuestras Constituciones de “anunciar la belleza de la Iglesia”?
Como consagrados, “amando completamente y sin reserva a la Iglesia, somos signo, memoria y profecía de su belleza de la Iglesia” (Const.10).

“Nuestra consagración nos hace libres y disponibles para anunciar la belleza de la Iglesia.” (Const. 11).

Anunciamos la belleza de la Iglesia “orientando todas nuestras energías a defender y a hacer brillar la dignidad de cada persona, creada a imagen de la Trinidad, y denunciamos todo lo que atenta contra el proyecto de comunión que Dios tiene sobre la humanidad” (Const. 12).

Igual que lo hizo Teresa Mira, anunciar la belleza de la Iglesia es “desarrollar nuestra feminidad de forma profunda y fructífera de una entrega generosa a la Iglesia, fomentando la vida allí donde nos encontramos y estando disponible para dedicarnos a su servicio” (Const. 12).

Anunciar la belleza de la Iglesia nos hace participar activamente en la misión de Jesús, de salvar a la humanidad, obedeciendo a la Voluntad de su Padre. “En la experiencia de nuestro Fundador las necesidades de los prójimos más vulnerables marcan el camino de la obediencia” (Const.16).

Teresa Mira, mujer obediente al querer de Dios, anunció la belleza de la Iglesia, a través una vida humilde, sencilla y entregada dentro y fuera de la comunidad.
Escuchemos los testimonios de las personas que la conocieron:
“Trataba de poner paz en todo y de evitar toda forma de molestar o hacer sufrir, incluso en el seno de nuestra propia familia. Era muy abierta con todos”.

“Rezaba y se sacrificaba por los pecadores, especialmente lo hizo por su padre”.

“Era paciente y complaciente; sabía perder sus propios derechos e iniciativas con tal de agradar a otra persona”.

“Lo que más me llamó la atención de ella, sólo de verla por la calle, fue toda su persona, tenía algo que me atraía: una dulzura en su mirar, una sonrisa, una gravedad cuando andaba, todo, todo me atraía. El encontrarme con ella me producía alegría y gozo”.

“Era muy amable con todo el mundo. A todos ayudaba, siempre se la encontraba presente en cualquier necesidad. Nunca habló mal de nadie…”.

“A todos ayudaba, sobre todo a confiar en el Señor y a aceptar su voluntad. Sufría por los pecadores, por la salvación de las almas. Sé que ofreció su vida por la salvación de su padre”.

“Todos los días, aún en tiempo de guerra y a pesar de las dificultades y problemas que ello le pudiera aportar, acudía a casa del sacerdote D. Carlos de López y de algún otro sacerdote, acompañada de mi hermana Ela, a recibir al Señor. Después, la misma sierva de Dios traía a Jesús sacramentado para que nosotras pudiéramos comulgar”.

“Para la Hermana Teresa, no había distinción de personas; para ella no existían ‘rojos’ o ‘blancos’, creyentes o no creyentes. El bien lo hacía a todos sin ninguna clase de distinción”.

“Era de alma fuerte e incansable. Fue quien, durante toda la guerra, mantuvo el espíritu elevado y quien nos alentaba a confiar en el Señor. Jamás se desanimó ni se dejó abatir por los acontecimientos”.

¿Qué aprendo de Teresa Mira y su manera de anunciar la belleza?

¿Qué actitudes suyas puedo imitar en mis relaciones y en mi misión?

  • Crear y sembrar la paz a mi alrededor: Es la mejor manera de evangelizar. El saludo de Jesús después de su resurrección es “La paz sea con vosotros” (Jn 20, 19-31). Esta paz anuncia y abre el futuro a sus discípulos, los libera, y su tristeza se convierte en alegría. Pedir al Señor que me revista de su belleza, de dulzura, de bondad, de paciencia para que sea sembradora de paz, esta paz que restaura las relaciones rotas. Que todos los que me rodean sientan la presencia de Dios.
  • Apertura y transparencia en mis relaciones: relaciones “fundadas sobre la caridad”, donde se vive una verdadera comunión sin máscaras y con sinceridad en mi manera de comunicar mis sentimientos y de actuar.
  • Oración y sacrificio; evitar cualquier cosa que daña: el criticar, críticas destructivas, juicios falsos, celos, etiquetas… y dedicarme más a la oración por la conversión de las almas, aceptando ciertos sacrificios de la vida diaria por el bien de los demás.
  • Ser paciente, agradable; aceptar, no con resignación, sino con amor, las diferencias y limitaciones de los demás. Aceptando perder para que mi hermana, mi hermano crezca.
  • Ser servicial; estar atenta a las necesidades de los demás, para vencer el egoísmo y el individualismo que me ciegan y me impiden descubrir que el otro necesita mi palabra, mi sonrisa, mi atención, mi mirada…
  • Sed de Dios; dejar que el Señor sea dueño de mi vida, recurrir a los sacramentos y especialmente a la Eucaristía y la Reconciliación. Despertar, desde mi vida, esta sed de Dios en mis hermanos y hermanas.
  • Amor universal; luchar contra todo tipo de división en la comunidad y en la familia evitando cualquier tipo de lenguaje que pueda socavar la unidad en la diversidad y la comunión.
  • Fuerza de alma; “no tengáis miedo, no pasará nada” solía decir Teresa Mira animando a sus hermanas. Ser la persona que anima y no la que desanima; la que invita a ir a contracorriente del espíritu mundano, que a veces invade nuestras relaciones y nos impide vivir feliz y fiel en nuestros compromisos cristianos y religiosos.

¡Así era Teresa Mira!

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