Continuamos profundizando en nuestra hermana Teresa Mira como MISIONERA POR ESENCIA Y EXPERTA EN COMUNIÓN.

En esta parte se nos hace patente como LA QUE RESTAURA LA BELLEZA DE LA IGLESIA Y DEL HERMANO.

«El Señor nos ha dejado con vida no para que nos quedemos quietos,

sino para que hagamos el bien a todos los que lo necesitan».

Teresa, cmt

3. Con Teresa Mira, RESTAURAR LA BELLEZA DE LA IGLESIA…

… de cada ser humano allí donde esté velada, realizando un servicio
liberador y sanador del Cuerpo llagado de la Iglesia.

“Señor, si quieres, puedes limpiarme.” Él extendió la mano,
le tocó, y dijo: “Quiero, queda limpio”. (Lc 5, 12-13)

Jesús no sólo anuncia la belleza, sino que también la restaura, libera y sana. La voluntad de Dios es que seamos curados de nuestros males, nuestro egoísmo, nuestra indiferencia, nuestro odio y nuestros celos, de todo lo que nos separa de Él, de todo lo que hace fracasar el amor.

Jesús nos revela la ternura y la misericordia del corazón de “Dios, que es rico en misericordia”.

San Pablo nos recuerda que “Somos colaboradores de Dios; ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios”. Por lo tanto, estamos llamados a colaborar en la restauración del cuerpo herido de Cristo en nuestros hermanos y hermanas a través de gestos concretos de amor.

Restaurar es amar hasta el extremo, incluso si fuera necesario dar la vida al ejemplo de Jesús quien “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Estar al lado del que sufre, cuidar, amar. Permanecer al lado de los que han sido desechados y olvidados, recordarles que son dignos y amados por Dios, por nosotros.

¿Qué significa para mí RESTAURAR, REPARAR, PERMANECER?

En esta área de restauración y reparación de la belleza de la Iglesia, me inspiro en el profundo deseo del Papa Francisco de estar en comunión con los afligidos, un deseo que expresa en la Bula del Jubileo del Año de la Misericordia. “Donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia… que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios” (MV).

Un oasis es un lugar fértil en un desierto, un lugar donde hay agua y vegetación en un desierto. Es un lugar de vida. Es allí donde uno encuentra refugio, consuelo, restauración, sanación y renovación interior. Donde uno recupera su belleza interior haciendo experiencia del amor misericordioso de Dios. Lugar de escucha, de estar y permanecer al lado del que sufre y recordarle que es digno y amado por Dios, por nosotros. Es también un estado interior de paz, de alegría profundo que nace del encuentro con el que me ama y me llena de su ternura.

“Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”, dice Jesús. Teresa Mira hizo de su corazón este oasis donde llevaba y cargaba con amor, las penas de los que se confiaban a ella, desde su escucha, su oración, sus palabras de consuelo. En ella, descansaban los demás porque al escucharla y verla vivir, se sentían aliviados de sus preocupaciones.

Otros muchos testimonios nos revelan las actitudes restauradoras de Teresa Mira. Nombremos algunos:
“Durante la época de guerra, Teresa Mira fue mi paño de lágrimas. Siempre me alentó a confiar en el Señor y a esperar en su amor… Los momentos difíciles de su vida los pasó consolando a los demás”. 

“Yo pude tener varias conversaciones íntimas con la Sierva de Dios, porque con ella me desahogaba. Sus ejemplos para alentarme y consolarme eran siempre del cielo, del amor de Dios y me animaba a confiar y esperar en el Señor”.

“Tenía trato de amistad con quien más lo necesitaba. Por todos pedía y a todos ayudaba. Para hacer el bien no había en ella respetos humanos, pasaba por lo que fuera con tal de cuidar a quien lo necesitaba”. 

“El bien espiritual de las personas era su mayor preocupación. Nos alentaba y ayudaba a confiar en el Señor y a seguirle y amarle de corazón”.

“Recuerdo que, muy temprano, solía salir a hacer las compras y “se perdía”. No aparecía en casa hasta bastante tarde y es que aprovechaba sus salidas, no sólo para comprar, sino que acudía a las casas de los enfermos o necesitados para interesarse por ellos y darles ánimo”.

“Si veía a alguna niña que estaba arrinconada o pesarosa, se desvivía por sacarla de aquella situación. Siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás… Para todos, tenía palabras de consuelo y de aliento”.

“En su última enfermedad, consciente como era de que vivía sus últimos días, estaba de tal forma abandonada en el Señor que, en lugar de preocuparse por ella, procuraba aliviarnos a nosotros y suavizarnos al máximo el dolor de la separación. No quería que por ello viviéramos angustiados o apenados. Ella siempre consolaba a los demás”.

A través la interpelación de la vida de Teresa Mira, me siento invitada, como consagrada y CMT, a vestirme de la fuerza liberadora y sanadora de Jesús, desde mis palabras, mi escucha, mi oración, mi testimonio de vida y gestos concretos y sinceros de amor.

¿Qué me dicen las Constituciones de esto?

“Yo que desde niño me siento poseído y dominado
por una pasión que se llama amor…” (MR p.719).

El amor que ardía en el corazón de nuestro Fundador es un amor que libera, un amor que renueva, repara y restaura la belleza de la humanidad creada a imagen de Dios, especialmente el Cuerpo herido de la Iglesia. “Atentas al mandato, contemplamos con especial atención en el Cuerpo de Cristo a tantos hermanos nuestros llagados, crucificados, indigentes, perseguidos y burlados y salimos al encuentro de sus necesidades” (Dir. 11).

En sus cartas, el padre Francisco Palau nos deja la herencia espiritual de mirar a Cristo en el que sufre y ofrecerse para curarle. “Mírale en este cuerpo que es su Iglesia, llagado y crucificado, indigente, perseguido, despreciado y burlado. Y bajo esta consideración, ofrécete a cuidarle y prestarle aquellos servicios que estén en tu mano” (Carta 42,2). Las Constituciones nos dicen que “De esta mirada contemplativa al profundo de cada ser humano y a la realidad que lo envuelve, surge nuestro compromiso misionero, servicio liberador y sanador a su cuerpo herido y llagado” (Const.3; Carta 39,7; 41,2). 

Nuestra misión de restaurar y reparar la belleza se expresa también a través de nuestras relaciones de comunión en comunidad y en familia: el amor mutuo y el perdón, el trato sincero y respeto mutuo “cuando vivimos el amor desde el perdón, disfrutamos de la comunidad como un lugar de fiesta” (Const. 43), así como “el cuidado de las hermanas enfermas y ancianas” (Const. 46).

¿Qué aprendo de Teresa Mira y su manera de anunciar la belleza?

¿Cómo quisiera restaurar la belleza a mi alrededor, en mi día a día, en mi familia, en mi comunidad, en mi apostolado?

  • Esfuerzo personal y comunitario de crear un ambiente favorable de comunión a mi alrededor.
  • “Con ella me desahogaba”, dice un testigo. Ser una hermana con quien los demás se pueden desahogar, una hermana que consuela, un “oasis de misericordia” para todos; que todos los que me rodean puedan “experimentar la ternura y la misericordia de Dios”, a ejemplo de Teresa Mira.
  • “Tenía trato de amistad con quien más lo necesitaba”. Como Teresa Mira, fomentar relaciones de fraternidad entre todas en comunidad, ser digna de confianza.
  • Estar al lado de los que sufren y de todos los que más necesitan sentirse amados y consolados. Ser una hermana que se preocupa de las necesidades de los demás y luchar contra la indiferencia y el individualismo que son dos grandes enemigos de la caridad universal que Teresa nos enseña.
  • Como Teresa, sembrar la paz, saber siempre perdonar y ser una mujer con audacia para construir la comunión promoviendo la justicia y la verdad en mi misión y en mi comunidad.

¡Así era Teresa Mira!

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