DÍA 5º DE LA NOVENA

En este quinto día de la novena, reflexionaremos en torno a la figura de Raquel, la bella pastora.

La historia de Raquel es otra bella historia del amor, tragedia, engaño, huida, lucha, muerte. Raquel es muy joven cuando se enamora de Jacob quien viene a su país huyendo de la ira de su hermano Esaú. Jacob trabaja siete años para Labán, padre de Raquel, para poder casarse con ella, pero la noche de boda descubre que Labán le dio a Lía, hermana mayor de Raquel, por esposa. Le toca trabajar otros siete años para poder estar con su amada. El amor que la tiene lo hace todo llevadero. A pesar de años de infertilidad, Raquel da a Jacob a dos hijos, José y Benjamín. En el pueblo de Israel será siempre venerada como la madre que acompaña al pueblo en las numerosas encrucijadas de su historia, quien llora por su infelicidad y espera su retorno a la tierra prometida.

Es también una historia de relación entre dos hermanas. Lía es la mayor, “de ojos tristes”, la no querida por Jacob, pero la que le dará seis hijos. Raquel es la pequeña, “de bella presencia”, la querida y escogida por Jacob, pero que por mucho tiempo permaneció estéril; luego le dio a Jacob a su hijo preferido, José, el que llevará adelante la promesa de Dios con su pueblo, y a Benjamín: vida que Raquel pagará con la suya. Las dos hermanas rivalizan entre sí por el amor de su marido. Lía hasta final sabrá que no es ella la querida; Raquel siempre se sentirá la peor por no poder darle a Jacob más hijos. Pero cuando las dos se unen en su sentir y pensar (las dos se sienten “vendidas” por su padre como si fueran mercancía), son capaces de decisiones y acciones valientes que marcarán la historia del pueblo elegido.

“- ¿Quién eres tú?

– Yo soy Raquel. – Raquel traía en sus manos un báculo pastoril… – Yo soy los prójimos unidos entre sí por amor bajo Cristo, mi Cabeza.”

MR 7, 1

En los escritos de Francisco Palau, Raquel representará la dimensión social de la Iglesia. Raquel aparece como “la pastora del rebaño de su padre” (el mismo nombre de Raquel significa “oveja madre”) y esa característica marcará la relación de Palau con la Iglesia. La maternidad-paternidad de la Iglesia y su atención pastoral tiene su sentido sólo cuando viene dada por el Padre y cuando se cumple hasta el final, en medio de adversidades, odios, persecuciones. Raquel representa a la Iglesia que se ocupa y protege a sus hijos como la más tierna de las madres, y que al mismo tiempo paradójicamente es perseguida y abandonada por sus pastores.

Palau descubre en ella a la Iglesia-Pastora y Madre quien cuida a los hijos que el Padre le encomendó sobre la tierra, dando su propia vida para que ellos la tengan en abundancia. Para él, ese será el ideal del compromiso misionero: llamado por Dios a cuidar a sus ovejas, a dar su vida por ellas, a hacerlo todo posible para que vivan. Pero no de una manera lejana y general: el rebaño del Padre se identifica con cada pueblo, parroquia, diócesis donde Palau se encuentra. Raquel es una pastora itinerante, tiene a su rebaño esparcido por todas las partes del mundo; lo mismo los pastores de la Iglesia están llamados a cuidar y ser responsable de la porción del pueblo puesto bajo su custodia.

Los palautianos “somos misión”. La Iglesia nos invita a ser parte de su misión entre los pueblos, a cuidar y dar vida a los que nos están dados como responsabilidad. No es una misión y relación “a distancia”: lo que importa es cómo cuidamos a los que viven a nuestro lado, nuestros prójimos más próximos. Somos herederos de la “locura misionera” de Palau quien no se guardaba para sí mismo, no se detenía a cuidarse a sí y preocuparse por su propia salud y bienestar, sino que se echaba valientemente para salvar a su hija de “entre las uñas del león”. El amor nos tiene que hacer vulnerables, locos, imprudentes, descuidados de nosotros mismos. El tiempo de pandemia está siendo buena prueba de hasta qué punto asumimos esa “locura” en nuestra vida personal y comunitaria… Esta misión la compartimos con nuestras hermanas y hermanos. Podemos luchar entre nosotros, llenos de celos, envidias, amor propio herido, o podemos unir nuestras fuerzas para llevar adelante la promesa de Dios.

¿Cuál camino escoges tú?

Intercesión

Haz presente, en este momento, la Iglesia, el rebaño a ti encomendado en la misión que estás realizando, e intercede por él.

Terminemos este momento escuchando las palabras de Francisco Palau. Tratémoslo como el “mandato misionero” que él no deja en herencia:

“Hija mía, la Iglesia es tus prójimos unidos en cuerpo a Cristo, su Cabeza. Ella es tu amada hija que sobre la tierra milita contra esos lobos encarnizados que devoran sus ovejas. Prepárate para dar una grande batalla contra esos lobos que despedazan sus ovejas. Dios ha querida que la Iglesia tuviera sobre la tierra representada su maternidad, y con ella el amor de madre; y por eso te ha dado para ella, con la maternidad, el amor de madre para con ella. ¡Vuélvete loca por ella! ¡Que tu amor para con la Iglesia te quite el juicio! Que seas como una madre que viendo su hijo adorado entre las uñas de león, sin calcular sus fuerzas se echa sobre él para salvarle; que seas como una pobre madre de familia que anda sobre las llamas, que se precipita sobre lo profundo de las aguas para salvar a su hijo; y como el amor todo lo cree posible, sin mirar si tiene o no medios de salvación, se mata, se arruina, se precipita. La Iglesia te ha descubierto sus penas. Ya no puede haber en ti reposo, desde que las hayas conocido. La maternidad para con la Iglesia abre mil llagas mortales en tu corazón. ¡Qué cruel es el amor! No la abandones, no tardes en socorrerla. Sé una madre que tenga Ella sobre la tierra” (Cf. MR 9,28-30).

(Canto a elección)

Pidamos la gracia que deseamos por intercesión del Bto. Francisco Palau.

¡Oh Dios. Padre omnipotente y misericordioso!

Te damos gracias y te bendecimos

porque infundiste en el corazón del Beato Francisco Palau

un amor singular a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo,

le descubriste su belleza figurada en María,

y lo iluminaste para servirla con la oración y el apostolado.

Concédenos su pronta canonización en la Iglesia

y ahora la gracia especial que por su intercesión te pedimos.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 


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