DÍA 7º DE LA NOVENA

En este séptimo día de la novena, reflexionaremos en torno a la figura de María, madre y virgen.

La historia de María, la madre de Jesús, se parece a las historias de las madres con los hijos “especiales”. Por mucho que sepas que tu hijo no es como los demás niños, nadie te puede preparar para lo que la vida traiga. Los dos con José tenían sus planes de futuro, en los que supongo no había lugar para un niño tan especial. Lo acogieron, aún en medio de dudas. María recibió la prueba en la persona de Isabel, quien se quedó embarazada a una edad bastante avanzada. José fue visitado por un ángel que por medio de un sueño calmó sus inquietudes. Y así comprendieron que su vida iba a suponer un futuro más que incierto, sin hoja de ruta, con la única confianza de que Dios es siempre fiel a sus promesas.

María fue una madre cercana a su hijo y sus planes de vida. Aunque Jesús no siempre pareció ser de buena salud mental, aunque todos se maravillaban de sus palabras y hechos, aunque no todo fue fácil de entender, María “conservaba todo eso en su corazón”. Amaba a Jesús sin condiciones. Por eso estuvo con él en el momento más doloroso para él y para ella: la cruz. Ninguna madre debería presentar la muerte de su hijo, aún menos una muerte tan cruel. Pero así es el amor de una madre con su hijo “especial”.

La tradición de la Iglesia nos dice que María fue virgen “antes del parto, en el parto y después del parto”. Supuestamente para subrayar que no hubo en ella ninguna mancha de pecado. Pero si le aplicamos un poco la lógica de las palabras del Papa Francisco de que “el pecado no es una mancha para limpiar sino una herida en el Cuerpo para curar” podemos concluir que María fue la que más cuidó el cuerpo de Cristo, este real y físico, y la que lo sigue cuidando en su forma del Cuerpo Místico: la Iglesia. Su virginidad significa también que no fue “contaminada” por los valores no-evangélicos; inserta en el mundo, expuesta a posturas hostiles y de rechazo de Dios, conservó su fe en las Promesas y la sigue custodiando como Iglesia de todos los tiempos. Pertenece total y únicamente a Dios, a nadie más.

“Todo cuanto hay y se predica de perfecto, de puro, de santo, sobre María, conviene de una manera mucho más excelente y sublime a la Iglesia.”

MR 11,19

En los escritos de Francisco Palau, María es “la imagen perfecta y acabada de la Iglesia”. La refleja como si fuera un espejo, todos sus aspectos con suprema perfección. La Iglesia es la madre de todos, por más „especiales” que sean. Es la madre de los santos y de los pecadores, de los creyentes y de los que se pierden por los caminos de la fe, de los que la aman y de los que la odian. Nos ama a todos sin condiciones, nos acompaña incluso en la hora de nuestra muerte, tanto física como espiritual. La Iglesia es también virgen en su esencia: es el cuerpo de Cristo y cuida de todos sus miembros, se preocupa de su crecimiento y maduración. Inserta en un mundo muchas veces hostil y que le rechaza a ella y a Dios, conserva la fe. Pertenece a Dios, y no al mundo ni a su lógica.

María nos recuerda qué tipo de Iglesia estamos llamados a construir. Es una Iglesia pobre, cuya única riqueza es Cristo. Vive atenta a su palabra, encarnándola en la vida de los hombres. Lleva al cumplimiento el plan de salvación que Dios ideó para todas las naciones. Ama y acoge sin condiciones, sin esperar la “normalidad” entendida humanamente como “ser como los demás”. Acompaña a sus hijos hasta la cruz, sin palabras de odio ni acciones de condena. Está presente cuando oramos y cuando nos falta la alegría de vivir. Vive en medio del pueblo, sin pretender ser más que nadie, sin reclamar honores ni respetos. Guarda en su corazón la lógica de Dios quien se fija en los pequeños. Duda, y en los momentos de incertidumbre busca los signos de acción de Dios en la vida de los demás, para juntos proclamar sus grandezas. Cuida el cuerpo de Cristo, especialmente lo más vulnerable. Deja que sus hijos escojan su camino porque sabe que hay muchos caminos que conducen a la casa del Padre.

¿Soy reflejo del amor puro y maternal de la Iglesia?

Oremos juntos con el Ángelus, haciendo consciente la entrega generosa y confiada de María, uniéndonos en este deseo de hacer realidad en nuestra vida la voluntad de Dios.

 

El Ángelus

El ángel del Señor anunció a María.

Y concibió del Espíritu Santo. Avemaría

He aquí la esclava del Señor.

Hágase en mí según tu palabra. Avemaría

Y el Verbo se hizo hombre.

 Y habitó entre nosotros. Avemaría

  • Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
  • Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.

Oremos. Derrama, Señor, tu gracia en nuestros corazones, para que cuantos hemos conocido, por el anuncio del ángel la encarnación de Jesucristo, tu Hijo, podamos llegar, por su pasión y su cruz, y con la inter­cesión de la Virgen María, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Cantamos juntos, para terminar esta reflexión:

IGLESIA SANTA

Yo busco una Iglesia nueva,

lugar de alegría y fiesta:

que viva en comunión con Cristo su Cabeza,

en un solo amor.

Yo busco una Iglesia pobre

que esté al servicio del hombre,

que lave nuestros pies

y en el amor fraterno entera esté su ley.

UNA IGLESIA SANTA CON SOLO UN CORAZÓN

ES LA “COSA AMADA” QUE BUSCO YO (2 v.)

CONTRUYAMOS JUNTOS LA FRATERNIDAD;

LAS PALOMAS PUEBLAN EL AZUL DE PAZ.

SOMOS PIEDRAS VIVAS DE LA GRAN CIUDAD,

¡UNA IGLESIA NUEVA ESTÁ SURGIENDO YA! 

Yo busco una Iglesia viva

que resplandece en María,

Esclava del Señor y

tipo de la Iglesia en todo su esplendor.

Yo busco una Iglesia virgen,

esclava, pobre y humilde,

de puro corazón

que se guarda indiviso sólo para Dios.

Yo busco una Iglesia nueva;

alegre ciudad de fiesta,

vestida de la luz, Jerusalén, amada,

 novia de Jesús.

De Dios Uno y Trino nace

la Iglesia hecha a su imagen

que tiende a la unidad

y crea entre los hombres la fraternidad.


Pidamos la gracia que deseamos por intercesión del Beato Francisco Palau…

¡Oh Dios, Padre omnipotente y misericordioso!

Te damos gracias y te bendecimos

porque infundiste en el corazón del Beato Francisco Palau

un amor singular a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo,

le descubriste su belleza figurada en María,

y lo iluminaste para servirla con la oración y el apostolado.

Concédenos su pronta canonización en la Iglesia

y ahora la gracia especial que por su intercesión te pedimos.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 


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