DÍA 8º DE LA NOVENA

En este octavo día de la novena, reflexionaremos en torno a la figura de la mujer del Apocalipsis 12

La imagen de la mujer que aparece en el capítulo 12 del libro de Apocalipsis es a la vez celestial y humana. “Vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas” son indicaciones de su procedencia de lo alto, de la gloria y esplendor que le son dadas por Dios, de su atemporalidad y vinculación a la historia de la salvación. Pero esa mujer “está encinta, y grita por los dolores del parto, por el sufrimiento de dar a luz”. Eso nos habla de su condición terrenal, ya que el sufrimiento pertenece al ámbito humano; evoca las palabras de San Pablo de que

“la creación entera gime con dolores de parto hasta ahora, y no solo ella, sino que también nosotros mismos que tenemos las primicias del Espíritu, aún nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la liberación de nuestro cuerpo” (Rm 8,22-23).

Y esa mujer, celeste y terrestre, está expuesta a la acción del Dragón quien quiere devorar a su hijo en cuanto nazca. El niño está salvado, llevado a Dios, mientras que la Mujer huye al desierto donde Dios mismo la cuida. La lucha sigue, la Mujer sigue perseguida, y no sólo ella sino que también el resto de sus hijos, “los que guardan los mandamientos de Dios y se mantienen firmes en el testimonio de Jesús” (Ap 12,17b).

Francisco Palau alude directamente a este relato en el escrito de Mis Relaciones. La imagen representa a la Iglesia que, aunque gloriosa, aparece sosteniendo una batalla. Palau la relaciona con la situación de las jóvenes que él cree endemoniadas y cuya situación se va agravando desde que él las ha dejado de atender. Palau sufre por esas jóvenes y recurre a la oración y a la soledad pidiendo remedio para su situación.

“El dragón… lleno de furor y rabia, preparó sus fuerzas contra los hijos e hijas de la mujer […] Yo estaba lleno de pavor y espanto mirando esta bestia y todos los poderes de la tierra rendidos a ella.”

MR 13, 13

Esta imagen sigue muy viva en nuestras vidas modernas. Hemos creído que somos grandes; con Dios o sin Dios, estamos convencidos que lo podemos todo; se nos hace creer que no necesitamos a nadie, ni a los hombres ni a mujeres, para ser unas mujeres de éxito que brillen en su carrera y su vida privada. Se nos vistió de gloria.

Y somos gloriosas, porque nuestro verdadero brillo viene de Dios, de él viene nuestra luz y nuestra fecunda maternidad.

Pero la experiencia de vida muchas veces nos pone en situaciones límite, de una total impotencia, de ver cómo las personas que más amamos nos dejan, los apostolados en los que nos hemos dejado la piel fracasan, nuestros planes que parecíamos controlar a la perfección no salen como esperábamos; todo eso se ve amenazado. Y parece que no hay ninguna razón evidente, simplemente todo se va al pique y nos sentimos muertos en vida, en un desierto del que no hay salida. El libro de Apocalipsis quiere enseñarnos la verdad de nuestra vida: el mal existe, y somos sujetas a sus consecuencias. Pero Dios también existe, y la victoria final le pertenece a él. Aún en el desierto, él nos cuida y alimenta, manda a sus ángeles para que combatan las fuerzas del mal. El sufrimiento y el fracaso son parte de nuestra vida. El sentimiento de impotencia ante el sufrimiento ajeno es parte de nuestra experiencia a diario. Hay que aprender a mirar más allá, a luchar, y a esperar en que un día venceremos junto a Dios.

Ofrece al Señor aquellas impotencias que puedas estar viviendo… en el silencio de tu corazón convérsalo con Dios…

Para terminar nuestra reflexión de hoy te invito a rezar en el silencio de tu corazón este Salmo y sacar de él toda la esperanza que necesitas en los momentos cuando te sientes más débil e impotente ante la vida (resonancias):

“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;

yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».

Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen.

Multiplican las estatuas de dioses extraños;

no derramaré sus libaciones con mis manos,

ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;

mi suerte está en tu mano:

me ha tocado un lote hermoso,

me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,

hasta de noche me instruye internamente.

Tengo siempre presente al Señor,

con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,

se gozan mis entrañas,

y mi carne descansa serena.

Porque no me entregarás a la muerte,

ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha” (Salmo 15)

 Pidamos la gracia que deseamos por intercesión del Beato Francisco Palau.

¡Oh Dios. Padre omnipotente y misericordioso!

Te damos gracias y te bendecimos

porque infundiste en el corazón del Beato Francisco Palau

un amor singular a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo,

le descubriste su belleza figurada en María,

y lo iluminaste para servirla con la oración y el apostolado.

Concédenos su pronta canonización en la Iglesia

y ahora la gracia especial que por su intercesión te pedimos.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 


DESCARGAR ES

DOWNLOAD ENG

TELECHARGER FR