La alegría de la Resurrección está en saber que somos amados y estamos salvados. 

“Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: —Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: —Recibid el Espíritu Santo…” (Juan 20: 19-31).

Esa misma tarde, cuando Jesús se apareció a sus discípulos y los saludó: “La paz esté con vosotros”, los sentimientos de soledad, tristeza, pena, miedos e inseguridad se convirtieron en ALEGRÍA. Una alegría que no solo consuela y da seguridad, sino que una alegría que viene de saber de que somos amados por este Dios por excelencia y más de lo que nos podamos imaginar. Un Dios que sufrió horriblemente, murió cruelmente, nos salva y nos reconcilia en un acto inefable de amor que escapa a nuestra capacidad humana de conocer y creer. Un amor que cura nuestros quebrantos y nos libera de nuestra maldad y falta de libertad.

El acontecimiento que es fundamento de nuestra fe y la verdad central de nuestra creencia de que los corazones no pueden estar inactivos y permanecen más bien en lo interior que en lo externo; “Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros… recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…” Dios nos encargó y nos dio el poder de perdonar los pecados y ser canales de paz y reconciliación; proclamadores de estas buenas nuevas, diciendo a todo el mundo que “hemos visto al Señor”. Que no seamos como Tomás, quien pidió pruebas y más pruebas para creer: “Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano por su costado, no creeré”.

Que la resurrección de Cristo que triunfa sobre el pecado y la muerte con el poder del amor incondicional de Dios para todos nosotros sirva como una oportunidad favorable para redescubrir y profesar con mayor convicción que Cristo ha pasado de la muerte a la vida, que Él está vivo. Que nuestra vida refleje la alegría de la Resurrección al vivir valientemente los desafíos de nuestra vida católica diaria.

Podemos aprender a confiar en el Señor cada vez más y más, especialmente en medio de las diferentes facetas de sufrimiento, violencia, agitación espiritual y malentendidos, etc. Y podemos dar testimonio e irradiar la gloria de Cristo resucitado al servir y amar a nuestros hermanos de modo ordinario con un amor extraordinario; glorificando al Señor porque su amor es eterno (Sal. 117).

CMT Asia

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