En la liturgia de hoy vemos dos pasajes que nos hablan de la hospitalidad, de la buena acogida y recibimiento que se hace a los extranjeros o visitantes.

En la lectura del Génesis (Gen 18, 1-10ª) contemplamos cómo Abraham, cuando “ve venir a los forasteros”, se dirige hacia ellos y comienza a realizar una serie de acciones que hablan de su deseo de acogerlos bien.

Desea proveer sus necesidades:  les ofrece agua para lavar sus pies, la sombra de los árboles para que descasen, pan, carne requesón y leche para recobrar las fuerza… En su corazón está buscando todo lo que cree puede ayudar a esos forasteros en su viaje. Personalmente le sirve todo y se queda de pie junto a ellos mientras comen. Aun cuando ya ha hecho todo para agasajarlos, sigue atento ante cualquier posible necesidad.   Abrahám, con sus bienes, su casa, su persona, está totalmente volcado hacia los forasteros. Uno lee el pasaje y puede casi sentir su atención esmerada, su entusiasmo, sus deseos de servirlos.

Por su parte, los forasteros sólo abren el diálogo cuando Abraham ha terminado con los quehaceres de acogida, y encuentran en él la necesaria apertura al diálogo y disposición interior a escuchar lo que ellos quieren decirle.

En el evangelio (Lc 10, 38-42,) por su parte contemplamos a Marta y María recibiendo a Jesús en su casa. María se sitúa a los pies de Jesús “para escucharlo” mientras Marta se afana en diversos quehaceres. De algún modo, las dos hermanas juntas están repitiendo los dos momentos de acogida de Abraham: el afán y la escucha, dos actitudes necesarias y complementarias   a la hora de acoger a Dios en nuestra vida: la escucha de sus palabras en la oración y en el encuentro con nuestros hermanos y hermanas; la acción para atender sus necesidades humanas: hambre, sed, cansancio, compañía, escucha, diálogo.

Cuando Jesús dice “Marta, Marta te afanas por demasiadas cosas”, no es que le diga “el servicio es menos importante” sino que los afanes no le han de robar la paz del corazón.  Cuando vemos a Abraham lo experimentamos afanado pero sereno, atento, pero con capacidad de escucha, involucrando a todos sin juicio. Marta en cambio, está ansiosa, pierde la paz, “juzga” a su hermana… la que no le ayuda… la que no trabaja…la que sólo piensa en ella…

¿Nuestro servicio a Dios y el Reino, “nuestros afanes” nos dejan con paz en el corazón o por el contrario nos dejan ansiosos, “mirando a los que los otros no hacen”, dejando anidar en nosotros las comparaciones y los juicios?

Que este domingo nos ayude a revisar nuestro modo de afanarnos y de estar con el Señor y a dejarnos enseñar por la figura de Abraham y las palabras de Cristo.

CARMELITA MISIONERA TERESIANA – AMÉRICA

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