DÍA 3º DE LA NOVENA

En este tercer día de la novena, reflexionaremos en torno a la figura de Débora.

Encontramos a Débora y Yael en las páginas del libro de los Jueces. Una historia corta, de tan solo 2 capítulos, pero no por eso menos importante. Débora es sin duda una mujer de mucha autoridad en el pueblo: jueza, profetisa, “madre de la nación”.

“…había ya veinte años que tenía al pueblo en una opresión durísima…”, “clamaron al Señor los hijos de Israel”… “y por medio de Débora, la profetisa y de Barac los sacó de la esclavitud”

Lu III, 17

El pueblo acude a ella en busca de justicia y ayuda en los tiempos cuando su libertad, tanto religiosa como nacional, estaba en grave peligro. Débora tiene autoridad para llamar a Barac y mandarle que vaya a luchar. Del relato bíblico parece que Barac recibió esta orden de antemano de Dios mismo pero no fue por miedo a perder. Sólo cuando Débora le promete acompañarle en la batalla, Barac se pone en marcha. Y vence, pero no por su fuerza o habilidad sino gracias a otra mujer quien toma las cosas en sus manos. De esta manera, el pueblo otra vez está salvado y queda de manifiesto que es Dios quien lo protege de una manera misteriosa y extraordinaria, y que mientras los Israelitas se mantienen fieles a su Dios no hay ninguna poder en esta tierra que les pueda hacer daño.

En el escrito íntimo de Mis Relaciones de Francisco Palau, Débora aparece para representar a la Iglesia en dos aspectos: su Magisterio y su acción profético-salvífica. La Iglesia, por una parte, tiene la autoridad de decir una palabra a la sociedad; es más bien una urgencia de que “ha llegado la hora suprema de hablar, de escribir y de decir aquello que creemos útil al bien universal social” (El Ermitaño 62/1870, p.3). Por otra parte, tiene la autoridad de mandar a sus jefes, los sacerdotes, a batallar contra los fuerzas del mal que cercan a los más pequeños de su pueblo. Lo que pasó hace siglos al pueblo de Israel, está pasando en cada generación a la Iglesia. En esta clave Palau lee su vocación de exorcista. Lo mismo que Barak, Palau se siente inspirado a ejecutar los mandamientos de la Iglesia y a echarse en la batalla feroz contra el enemigo que oprime a su pueblo. En la boca de sabia y valiente Débora, pone las palabras que son claves en su lucha en la defensa de la Iglesia: el cuidado y ofrenda de sí a la gente llana a quien las fuerzas del mal asechan desde lo escondido. Como miembro de la Iglesia y su sacerdote, hace suya la victoria de Débora: es también su victoria porque se siente uno con ella. “Yo soy, oh valiente e invicta Débora, yo soy contigo, oh Iglesia militante, una misma cosa. Eres tú la que batallas, tú vences: a ti la gloria” (MR 9,50).

La figura de Débora nos viene a recordad que la autoridad no depende del género, sino de cómo uno escucha la Palabra y obra de acuerdo con ella. Es una autoridad que se pone a nivel del pueblo escuchando sus gritos, miedos, inseguridades. Es una autoridad que no pretende conquistar, sino defender a los que están en peligro de perderse. Autoridad que busca colaboradores en la lucha por los más desfavorecidos, pero que sabe que la victoria no le pertenece a las personas sino a Dios, porque es Dios quien protege y sale a luchar en favor de los suyos.

Quizás hoy en nuestras comunidades, congregación, sociedad e Iglesia en general, necesitamos este tipo de autoridad con rasgos femeninos de Débora. Ha llegado la hora de que también las mujeres sean escuchadas cuando hablamos de aquello en lo que creemos. Pero que en nuestras maneras desterremos todo afán de poder, de conquistar, de ponernos por encima. Que deseemos solo servir a la Palabra, defender a los indefensos, proteger a los pequeños. Que no nos pongamos medallas porque la victoria es de Dios, no es nuestra. La victoria de Dios puede llegar por medio de la mano débil de una mujer frágil e insignificante. No se necesita más que confiar en que Dios también por medio de nuestra fragilidad e insignificancia (y no por medio de nuestra preponderancia) hará cosas grandes a favor de su pueblo.

“Oren por los gobernantes y por todos los que están en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad”. 1 Fil 2,2

Intercesión

Espíritu consolador, que te complaces en derramar tus dones sobre el mundo:
Te pedimos que te dignes iluminar a nuestros gobernantes y a todos y todas quienes ejercen autoridad

 y únelos en un solo corazón, en el de Jesús.

Penetra en las inteligencias de quienes representan la autoridad para que en ellos reine el amor.
Dales los dones de sabiduría y de consejo, para que, destruido el espíritu del error y de la discordia,
se empeñen en crear y mantener en nuestra sociedad el orden, la justicia y la paz
y busquen favorecer el cuidado de los más pequeños e indefensos .

Se Tú, Espíritu Santo, el indisoluble vínculo que una a Ti y a todos los pueblos de la tierra:
concédenos la gracia de triunfar sobre la desunión y de la discordia para que todos vivamos para servir a Dios y a nuestros hermanos en un estrecho abrazo de caridad. Amén.

Para terminar este momento, escuchemos las palabras del Salmo 131, pidiendo al Señor que guarde nuestros corazones de los deseos de grandeza que no nos pertenecen:

“Mi corazón, Yahvé, no es engreído, ni son mis ojos altaneros.

No doy vía libre a la grandeza, ni a prodigios que me superan.

No, me mantengo en paz y silencio, como niño en el regazo materno.

¡Mi deseo no supera al de un niño!

¡Espera, Israel, en el Señor desde ahora y por siempre!”

 (Canto a elección)

Pidamos la gracia que deseamos por intercesión del Bto. Francisco Palau.

¡Oh Dios. Padre omnipotente y misericordioso!

Te damos gracias y te bendecimos

porque infundiste en el corazón del Beato Francisco Palau

un amor singular a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo,

le descubriste su belleza figurada en María,

y lo iluminaste para servirla con la oración y el apostolado.

Concédenos su pronta canonización en la Iglesia

y ahora la gracia especial que por su intercesión te pedimos.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


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